
Descubrir el trazado del Tour es siempre momento privilegiado y experiencia inestimable para los amantes de la bicicleta. Ya sabíamos que la 95 edición del Tour de Francia empezaba con buen pie desde el anuncio de la Gran Salida en Bretaña, donde el ciclismo tiene raíces profundamente arraigadas y despierta un entusiasmo comunicativo. La historia de la “Grande Boucle” nos enseña que un Tour que se lanza desde la tierra de Armórica nunca decepciona. Los nombres de los cinco vencedores de las “ediciones bretonas” ilustran espléndidamente esta afirmación: Coppi, magnífico en 1952; Anquetil en 1964, año de la inolvidable escalada al Puy de Dôme, frente a Poulidor; Merckx, asimismo delante de Poulidor, en 1974, punto álgido de una temporada que también lo vio triunfar en el Giro y en el Campeonato del Mundo; Hinault, en 1985, en su extraordinario regreso entre los suyos; y, por último, Indurain, en 1995, año de su quinto triunfo consecutivo.
El diseño del Tour 2008 ilustra nuestra voluntad de imprimirle un fuerte ritmo desde su inicio, manteniendo el mayor suspense posible. Así, por primera vez desde “la invención” del prólogo, en 1967, la tradicional crono de apertura deja paso a una etapa en línea, con lo que la conquista del maillot amarillo, en Plumelec, en las pendientes de Cadoudal, será aún más incierta y estará abierta para todos los ciclistas, ya sean sprinters, rodadores o escaladores. El cuarto día, la contrarreloj de Cholet se estirará unos treinta kilómetros, y poco después, ya el sexto día, se emprenderá una precoz y destacada travesía del Macizo Central, con el primer final de etapa en altitud en Super-Besse.
Marcarán el trayecto cinco etapas de montaña –una menos que el año pasado– y cuatro llegadas en cumbre –o sea, una más. A Super-Besse se añadirán, en efecto, el temible Hautacam, en los Pirineos, y luego la estación transalpina de Prato Nevoso, en la provincia de Cuneo, antes de que una muchedumbre entusiasta vuelva a invadir las veintiuna curvas míticas del Alpe-d’Huez. Y si habrá que escalar menos puertos que en años anteriores, los corredores hallarán con “quien medirse”: primero el Tourmalet, luego el Galibier –dos grandes clásicos–, más adelante el inédito y majestuoso puerto de la Lombarde, en Italia, y por último un gigante demasiado a menudo ignorado, en el formidable paisaje lunar de la carretera más alta de Europa: el puerto de la Bonette, cumbre del Tour 2008 con sus 2.802 metros.
Después de una temporada una vez más sumamente atormentada, tan sólo formularé un deseo: ¡que volvamos a disfrutar de una carrera noble y competida!
Christian PRUDHOMME
Director del Tour de Francia